La enfermedad del viajero

No duermo porque no tengo sueño, no como porque no tengo hambre, no bebo porque no tengo sed.

Hace unos días conocí a la persona más increíble que se pueda conocer. Es la clase de persona que cuando entra en la habitación la ilumina de tal forma que todo brilla y se difumina como si estuvieras en un sueño. Es la clase de persona con la que quieres pasar todo el tiempo posible, es la clase de persona de la que no quieres estar apatado.

El tener vidas distintas y el estar en dos puntos de inflexión distintos hacen imposible estar juntos. Cuando llegas a este punto, los pocos planes que pueda tener como viajero se desmoronan. Solo quiero estar con esa persona que me ilumina e inspira, y contradictoriamente estoy muy, muy triste porque sé que no voy a volver a verla.

Cuando empecé a viajar sabía que me encontraría con almas con buena energía, ganas de hacer el bien, ilusión, esperanza e inocencia.

Es un sentimiento más allá del estar enamorado, es encontrar al alma que te complementa y que no sabes el bien que te hace ni la belleza que hay en el resto del mundo hasta que te cruzas con ella. No va a ser fácil sobreponerme de este impacto emocional.

Dejo en manos del destino la capacidad de volver a verla y compartir la belleza del mundo juntos, ahora simplemente sigo mi camino. Con el anhelo de poder volver a verla y compartir algo más que amistad.

Me queda el recuerdo de imaginar su sonrisa y su voz para que me ilumine espiritualmente en mi camino de soledad hacia algún lugar que aún no he explorado.

(La persona a la que va dirigida no habla nuestro idioma por lo que no sabrá nada de estas palabras)

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